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Os quiero prevenir contando mi experiencia y para que no le pase a nadie más. El pasado domingo tome mi bicicleta para hacer unos cuantos kilómetros y así mantenerme en forma. Era ya las 9 de la tarde y comenzaba a hacerse de noche, pero lejos de esto nada en especial, el camino que tomé era el habitual, una pista de tierra frecuentada solo por bicicletas y peatones en la sierra de Collserola, entre Sant Cugat y Cerdanyola.
En una rampa bastante pronunciada, de esas que te pones a tope de pulsaciones, había una chica sentada, con una bicicleta a su lado tirada en medio del camino, maldecía a la bicicleta y repateaba como una niña pequeña cuando agarra una rabieta. La verdad, la chica estaba bastante bien, con ese culito que se le ponen a las mujeres que montan en bici, estilizado. Con una cinta en el pelo, con gotas de sudor que se confundían con las lagrimas que descolgaban por sus mejillas. La situación no dejaba de ser graciosa, pero me detuve para preguntarle, serio, si la podía ayudar.
Había pinchado. En medio del sofocón, con palabras que se atropellaban, me decía que vivía lejos, que por favor la ayudara a reparar la bicicleta. Siempre llevo un juego de cámara y alguna herramienta. La bicicleta era nueva, casi sin polvo, una marca americana, con frenos de disco. La rueda pinchada, la trasera, la liberé de la cadena. Con la rueda en la mano, me senté a su lado, en un pequeño desnivel que ofrecía la cuneta del camino.
Me ofreció una botella, con un líquido de color azul, era un compuesto vitamínico de esos que venden en las tiendas especializadas para deportistas. Rehusé en principio su ofrecimiento, la verdad, para la sed el agua, pero insistió. Mientras bebía, la miraba, comprobé que estaba mas tranquila… No recuerdo nada más, desperté de un largo sueño en un banco de madera, tumbado, me daba el sol en la cara, en un mirador de esos que hay junto a la carretera, dónde pueden aparcar varios coches y que utilizan las parejas por las noches.
¿Y mi bicicleta querida? Era la cosa que mas quería tras mi hijo y mi mujer. Lloré desconsolado. Tanta historia para robarme la bicicleta. Me ha engañado como a un idiota.
Al incorporarme sentí un dolor en un costado, me palpé con la mano derecha la cintura, a la altura del riñón. Algo sobresalía por fuera del pantalón, me levanté la camisa y comprobé que tenía un vendaje. La verdad, soy bastante miedoso para estas cosas, pero tiré con fuerza del esparadrapo y comprobé que tenía una cicatriz de cuatro o cinco dedos de longitud. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, un vahído acabó conmigo en la tierra del parking.
Abrí los ojos en la cama de un hospital. - ¿Que me ha pasado? - Enhorabuena, tiene Ud. tres riñones Yo sigo prefiriendo mi bicicleta J.L. |
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Tras el trabajo insufrible hay vida. Una buena manera de comprobarlo es tomarte una jornada de vacaciones, un día cualquiera, de diario, para convertirte en mortal, como la mayoría. Disfruta hombre, disfruta !!
En estos tiempos que corren, decir que te sientes libre puede sonar a gratuito, excesivo si nos comparamos a los trabajadores de otros países, pero hay palabras que seguro que lo definen y muchos estaremos de acuerdo. Nos libramos del yugo del jefe. Aquel día quise ser como los demás y me fui a dar una vuelta por el pueblo. Lo primero, conocer al que me alegraba la mañana de los viernes.
Extendí mi brazo como pude entre un montón de cajas de cartón, para estrecharle la mano - - Hace tiempo que quería saludarle, me alegra Ud. todos los viernes. Me miró perplejo. No dijo nada.
En Cerdanyola, un día a la semana, la muchedumbre toma una de sus plazas principales. La primera vez que visité esta localidad hace mas de 20 años, precisamente era viernes. Me quise marchar inmediatamente. Los gritos de los comerciantes alertaban de sus ofertas. Pero que tomates que tengo gritaba la verdulera, las gitanas, aeuro, aeuro … niña!!! mira que pantys, aeuro, aeuro…
El lugar mas privilegiado de la plaza se divisa a lo lejos gracias a una intensa nube blanquecina, a veces tan espesa, que al churrero se le adivina entre la densa humareda. La parada, rojiza, es de esas portátiles, pero que llevan 20 años en el mismo emplazamiento, es el observatorio sociológico, el peaje obligatorio marcado por el semáforo en rojo. Si yo fuera detective le utilizaría de confidente, quizás ya lo sea.
Cuando salgo de casa para ir al trabajo, coincido con los más viejos del lugar, acuden en parejas, son los madrugadores. A partir de las diez, llegan las mujeres que han dejado a los niños en la escuela. Parados, jóvenes… hay representantes de toda la población. En las paradas hay que vigilar a los viejos que le echan cara y se cuelan en la cola de las verduras, a los chorizos que van ligeros al bolso de los abuelos, el niño que te pisotea, al que te atropella con el carrito de la compra.
No es un invento de hace unos días, los hay por todo el mundo. Mas o menos sofisticados, de mayor o menor nivel. Yo los he visto incluso con animales vivos, cabritos que son sacrificados en el mismo escenario. Caballos, pájaros, reptiles, flores, plantas. La recompensa a los moradores son los pimientos rojos de asar, los cacharros de cocina, pero sin lugar a duda, las protagonistas son las bragas y las medias.
En Cerdanyola, por la mañana, no es un día cualquiera, detengo el coche en el primer semáforo, espero con tranquilidad la transición del rojo al verde, mientras, abro la ventanilla izquierda del coche, olfateo el aroma a churros recién hechos, saludo al churrero. Frente a mí, como si fuera la cartelera de una película en un cine de estreno, una exuberante modelo en bragas y sostén corona el primer puesto del mercadillo de los viernes.
Cuando le hice esta reflexión al dueño de la parada al tiempo que le estrechaba la mano, me contestó: - Bragas no, lencería fina J.L. |
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X AROMAS DE MOLAMOLT
Hay signos que distinguen la mesa de unos comensales de otros. Las hay con migas de pan, con manchas de vino, huesos de aceitunas, palillos de dientes, servilletas de papel que bien arrugadas decoran hasta el área reservada de su vecino de mesa. Son generosos con los gorriones, las hormigas y avispas que buscan algún dulce que defender con su aguijón. Una mesa también puede ser un mantel sobre la hierba fresca y en cambio pese a su inestabilidad, sus invitados, descansan las copas con verticalidad casi perfecta, los platos los reparten ordenadamente, las cucharas y cuchillos en perfecto paralelismo. Unos no se manchan, ni se despeinan. Otros dejan que la salsa resbale por la comisura de sus labios. Unos se acercan las viandas a la boca, otros, al igual que los chinos, meten la nariz en el plato. Un grande de de la pintura, Francisco de Goya, recreó con maestría un día de campo en la gallina ciega por ejemplo, el bebedor, el pelele, la merienda. Pero ni por asomo en sus obras aparecían brasas, barbacoas o humos. Es seguro que por aquellos años consideraran una ordinariez esas cosas y por eso se llevaban la tortilla de casa, mucho mas practico, mas limpio y sobre todo menos oloroso. Al igual que las galeras, las áreas de recreo se huelen antes de verse. Si, esas que hay a orillas de las carreteras, que despiden una humareda que cambia de color según el bicho al que se asa. Y cuando bajas a la arena, te das cuenta que hay aficionados y profesionales. Quemados y depilados a la llama. Nerviosos y serenos. “Pixa pins” y “gladiadores”. Y son los segundos, los imprescindibles, los que dan la talla en todas las circunstancias. Claro está hay que cuidarlos, quererlos y alimentarlos con buen vino y cerveza fría. ¿Habéis paseado por esos campos de La Provence dónde la Lavanda crece? Cuando el viento cimbrea sus puntas moradas. ¿Habéis apretado con las palmas de las manos sus semillas? A través de un proceso de destilación el hombre es capaz de recoger ese aroma en una botella de cristal. ¿Habéis paseado por esas huertas de Tarragona que dan vida a los frutos de invierno? No, no quieras introducirlos en un frasco, es mucho mas fácil. ¿Sabéis que hay un mosquito nacido hace unos cuantos millones de años dando vueltas alrededor de la tierra? Está atrapado en una gota de ámbar que la graciosa decisión de un científico quiso que viajara en un satélite. Ahora une esfuerzo y llama, súmale ceniza, añade una pizca de grasa comestible de panceta. Completa la formula con Calçots para cuarenta personas y ya lo has conseguido. Aún no ha habido alquimista capaz de sintetizar esa gota que cuelga de la mejilla del Mestre Calçoter, por su extrema volatilidad. Pocas veces al año sentiremos gracias al beso o al abrazo esa fragancia. Eau de Calçots
J.L. |
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Algo raro percibí en el ambiente nada mas entrar, él se había adelantado a su hora de llegada. Yo permanecí en silencio leyendo en el sillón, pregunte: - ¿Eres tú Javier’ No obtuve respuesta, sus brazos se posaron en mis hombros cayendo lentamente sobre mis pechos, me beso en la cabeza y se dirigió hacia la cadena de música. Noté como su mirada iba atravesando mi nuca, penetraba por ella poco a poco pidiendo amor, suplicando mis caricias, quería decir algo - ¿pero qué? Ese silencio me excitaba cada vez mas; me dejé llevar por la situación y esperé deseando que continuara, que no rompiera el embrujo que se estaba creando. Me cogió por los hombros y muy despacio me levantó del sillón, el libro que hasta esos momentos leía resbaló al suelo, las piernas me empezaron a temblar, me deje caer sobre la alfombra, note bajo mi espalda el libro, lo busque nerviosa, apartándolo de un golpe hacia el otro extremo de la habitación, a lo lejos sonaba la música, iba llegando a mí, introduciéndose en mi cabeza, mezclándose en mis sentidos. Sus manos me acariciaba por encima de la ropa, sus dedos luchaban con los botones de mi blusa, se fueron deslizando de sus ojales, dejando a la vista unos pequeños redondos y tersos pechos. Me beso casi sin tocarme con sus labios, besos seguidos saltando de poro en poro en mi piel, me besaba, me mordía, me exprimía en sus brazos, sus manos apretadas a mi piel se deslizaban arriba y abajo, su boca continuaba besándome y su lengua … su lengua recorría los rincones mas secretos de mi anatomía. Intente ayudarle, acelerar el momento quitándome la ropa pero sus manos pararon las mías, sujetándolas sobre mi cabeza, fue entonces cuando me beso en el pubis. Nunca hasta ahora lo había hecho, no sabía que pensar, intenté acariciarle, pero su cuerpo se unió al mío en un abrazo dejándome inmóvil y sus labios fueron cerrando los míos. Después de varios intentos consiguió quitarme el pantalón, volvió a besar mi pubis, introduciéndome su mano por la pequeña braga que hasta el momento había tapado aquellos rizos suaves al tacto, sus dedos se paseaban por mi vagina como si fueran dueños de ella, su lengua volvía a estar otra vez ahí, haciendo acto de presencia, dando pequeños golpecitos sobre mi clítoris, llamando a mi interior, el cual estaba ardiendo deseoso de que apagara mi fuego interno. Su cuerpo olía a una mezcla de sudor y sexo, me embriagaba, le sentía sobre mí, aspiraba su aliento, toda yo abierta a mi amo y señor. Quería parar ese momento donde la realidad no existe, donde pierdes el conocimiento de tu identidad, me sentía aire, inflamada por su deseo, le sentía dentro de mí, podía notar como sus músculos se iban contrayendo arrastrándose por mi cuerpo, con movimientos circulares, mis piernas apretadas a sus caderas, mis manos sobre su espalda, para no separarme de él, haciendo un cuerpo de dos. Por unos momentos creí ver una luz… una luz que me cegaba impidiéndome abrir los ojos. Notaba como su respiración iba golpeando mis pechos, podía escuchar el cálido aliento sobre mi oído y como me susurraba - ¡te quiero!, seguía dentro de mí, mientras nuestros cuerpos cabalgaban al infinito del placer. Me desperté horas mas tarde, no sé cuanto tiempo estuve dormida, tenía frio, mi mente se paseo por las imágenes que volvían a mí, recordando, analizando, desechando ciertos y antiguos escrúpulos, algunas vergüenzas sufridas en el pasado. Me sentía bien, tranquila, él ya no estaba a mi lado, había desaparecido. Cerca de mi mano noté un papel, una nota, pude leer ¡te amo! Hoy han pasado 6 meses de aquel encuentro, hoy estoy convencida, que Javier, mi marido, no pudo ser el amante de aquella tarde, por muchas razones, porque en estos seis meses siempre he esperado que se repitieran aquellos momentos, porque en estos seis meses he comparado, he tocado su piel he sentido su aliento y nada es igual. Javier no pudo ser aquel amante, él nunca se intereso por mis cosas y mucho menos por aprender a escribir en braille, el único método por el cual yo puedo leer desde aquel fatídico accidente, donde perdí la vista. |
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